Era
viernes por la tarde y promediaba una jornada más en la bicicletería del viejo
Basualdo. Había vuelto del colegio y como no tenía deberes fui a trabajar un
rato antes. Se acercaba el día del niño y la venta de bicicletas estaba en
auge.
Hacía
menos de un mes había entrado al curso una compañera nueva de la que todos
estábamos enamorados. No solamente porque era nueva, que lo nuevo siempre tiene
un gustito diferente, sino porque era realmente hermosa. Alta, flaquita, ojitos
claros y un pelo rubio espeluznante. Este último detalle era la envidia de
todas las demás compañeras que ya la odiaban por la simple rivalidad. Era
simpática con lo justo, vestía elegante debajo del guardapolvo blanco, alegre,
risueña e inalcanzable para el común de los mortales del que yo me sentía parte.
