Fue una
tarde volviendo en bicicleta de Mercedes a Capital que me perdí a la altura de
Morón, y por mi eterna costumbre de no pegar media vuelta, seguí. Seguí
pensando retomar el camino más adelante y a diferencia de llegar a la Av.
Rivadavia, por donde venía, terminé media hora más tarde en los caminos
estrechos de un asentamiento de emergencia. Ese día había hecho más de 70
kilómetros, estaba muerto, el caer de la noche era inminente y ya no tomaba
demasiados recaudos. Paré en un camino parecido al de un basural a revisar el
mapa, cosa que no había hecho hasta ese momento. Cuando me volví a orientar
respirando profundo en desaprobación por los kilómetros que me había desviado,
hice una mirada más a mi entorno. Vi unos señores con unos carros desparramando
chatarras y cartones, vi a unos nenes corriendo entre los perros y vi mucha
basura por todos lados. Pero de la basura, que en varios lados estaba en
llamas, lo que me resultó más desagradable fueron los pañales descartables
tirados por doquier y largando un olor a plástico nauseabundo que entumecían el
ambiente.
