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sábado, 5 de septiembre de 2026

El instante

 

 

No sé por qué me gusta tanto China. Seguramente porque queda lejos, porque su cultura me queda lejos también. 

Mi ascendencia viene de Europa. Las migraciones, las mezclas y la búsqueda de algo distinto están escritas en mi historia. De chico me gustaba salir a explorar el barrio, después la ciudad. De más grande el mundo, las culturas. 

Mi globalización personal se topó tempranamente con ese país asiático al que fui por azar la primera vez, y también las diez siguientes. Cada viaje lo sentí como una aventura única que empezaba y se terminaba, donde las probabilidades de regresar eran siempre mínimas.

Pensar que el viaje sería único me hizo vivir cada experiencia a fondo. De cada uno me traje muchas enseñanzas culturales, profesionales y humanas.

Una vez al año, como si respondiera a un ritual no escrito, llega ese llamado. Y yo lo atiendo sin saber muy bien por qué. La novedad ya pasó, a pesar de que China se reinventa todo el tiempo.

En este último viaje llegué a Beijing como de costumbre, agotado, con calor, hambriento y mugriento. Me esperaba gente de una fábrica, igual que siempre.

Pero esta vez ocurrió algo distinto.

De pronto cuando salí a la calle sentí que había vivido ahí toda la vida. Que mis ancestros, en lugar de ser exploradores errantes, habían permanecido encerrados en esa tierra sin tener jamás el afán de expandirse ni salir de sus murallas.

Sentí 4 mil años de historia ininterrumpida comulgando bajo mis pies. Sentí que mi globalización había llegado a su fin. Que, en realidad, estaba volviendo a casa: 回家 (huíjiā)Las barreras de la lógica ya no estaban; en ese instante, me guiaba la intuición milenaria.

 

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